Libélulas en la piel

Aprendiendo a bailar bajo la lluvia…

En otra dimensión…

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No sé que hago aquí, pero decido no darle mas vueltas y disfrutar de las vistas; el mar, punto y  final del cielo, me lo agradece.

Gente que me empuja, que me sonríe, que me saluda. Gente que realmente no me importa, pero se impone la educación y yo también les sonrío. Al fin y al cabo, ellos no tienen la culpa de que me sienta como una gato en una pecera.

Consulto el reloj y miro distraída alrededor; algo se activa, pero no logro adivinar qué es. Alguien me dice algo, sonrío y asiento, doy un par de besos, palabras banales en un mundo banal. A ver si nos vemos! Si, si estaría bien… Hablamos! Y una alarma activada. Una luz roja parpadeando en mi cabeza, un pitido en mis oídos, ¿qué quieres decirme?

Me arrastro de un lado a otro, me dejo llevar. Mis pies van obedientes hacía donde me indican, pero yo ya no. Me siento como una hormiga exploradora queriendo abandonar la fila de hermanas que marca el camino, sabe que tiene que salir de allí, pero se deja llevar por la muchedumbre de iguales.

La luz roja en mi cabeza cada vez es más insistente, incluso molesta. Repito los pasos que han provocado su activación, me coloco en el mismo lugar dónde saltó la alarma y miro a mi alrededor. No entiendo nada. No veo nada. Busca! escucho a lo lejos… Pero estoy cansada y empieza a dolerme la cabeza. Me acerco a la baranda y fijo mis ojos en el mar. Está lejos, pero diviso lo suficiente como para poder perderme en él un rato. Alguien me toca la espalda ¿estás bien? ¿quieres algo de beber? Sí, gracias. No me había dado cuenta la sed que tenía. Ahora voy.

Sé que tengo que abandonar el refugio de la baranda, pero me resisto. Al final decido volver al mundo real y encamino mis zapatos hacia la multitud. La luz roja se vuelve cada vez más intensa, su pitido ensordecedor. Un resorte que salta, clic! Y una cabeza a lo lejos, no le veo el rostro, pero no me hace falta. Aplausos en mi interior, la luz roja cesa, el pitido se silencia. El suelo se vuelve inestable, se para la música, todo tiembla. El vaso a medio camino de mi boca muere suspendido en el aire y yo, paralizada, no puedo hacer nada para evitarlo.

Lentamente, mueves la cabeza y observas a tu alrededor, pasas por encima de mi mirada y no me ves. Pero creo entrever una expresión de alarma cruzando tu rostro. Quiero correr hasta ti, pero estoy anclada en medio de la nada, y mi cuerpo no me responde. Alguien se te acerca, hablas, ríes con una melodía conocida y yo ya no escucho nada más que tu respiración. Vuelves a mirar, como buscando algo, como incómodo, tu acompañante te mira extrañada, haces un gesto de no pasa nada, y vuelves a centrarte en ella. Pero vas cambiando el peso de tu cuerpo de una pierna a otra constantemente, tu risa ya no es natural, y finalmente no puedes más y vuelves a mirar. Y ahora sí. Por fin nuestros ojos se cruzan, primero no reconoces en mí a quien fui, pero sabes que estoy aquí. Y cuando me ves, nos quedamos solos otra vez, como antes, cuando el mundo se paraba a nuestro alrededor ¿lo recuerdas? De repente ha salido el sol, y no estamos aquí, el tiempo se ha parado en un mar de cristal.

Alguien me habla, no se qué me dice, no escucho, no me importa. Sólo te miro, sin atreverme a cruzar la grieta que se abierto a mis pies y que nos separa. A ti también te reclaman, asientes sin mirar, clavado en mí, indiferente al resto; al final, ella se cansa, da media vuelta y se aleja.

Mi cuerpo empieza a reaccionar, lentamente mi cerebro da órdenes coherentes, la sangre vuelve a fluir y los músculos de la cara empiezan a relajarse. Me pierdo unos segundos más en tu mirada, disfrutando del momento. El suelo sigue temblando, pero ya no importa, sé que la grieta nos va a engullir, pero es lo que quiero. Al fin, sonrío. Temerosa, espero tu reacción. Tuerces la boca, en un intento de sonrisa, veo que no has aprendido a dejar atrás el orgullo. Da igual, yo si. Así que me acerco, lentamente, cruzo el desierto que nos separa sin perderte de vista, nuestros ojos grabados a fuego en la piel del otro. Recorro la distancia entre nuestras respiraciones, la acorto demasiado y me sitúo muy cerca de ti, frente a frente. Como siempre, tengo que alzar la vista para llegar a tus ojos, y en el camino, me detengo un rato en tu boca. Y evoco sabores antiguos, a parmesano y vino, y me estremezco.

Hola.

Hola.

Silencio. Que absurdas la palabras cuando el cuerpo es el único que sabe que decir. Vuelvo a sonreír, me acerco un poco más, me miras y te desarmo al fin. Nos fundimos en un abrazo eterno, como cuando me salvabas, cuando me cogías fuerte para que no cayera en mi propio pozo. Hace mucho de aquello… Ahora ya he aprendido a nadar. Pero no quiero separarme de tu aliento todavía, así que me quedo rezagada entre tus brazos. Como a cámara lenta, conseguimos despegar nuestros cuerpos,  sólo un poco, respiración agitada, recuerdos tan nítidos como el presente, imágenes, palabras, gestos, llantos, risas, besos, reproches, confidencias… Todo se concentra en los escasos centímetros que nos separan, todo se nubla y todo se despeja; todo me da vueltas, pero tu me agarras fuerte. Sonríes y hablas por fin. Se murieron tus cactus en mi coche.

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Autor: sarasanmi

Obstinada y alegre, aunque a veces me pierda en mi propia melancolia. Libélula recién salida de la larva, bailo volando con aleteo firme y decidido.

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