Libélulas en la piel

Aprendiendo a bailar bajo la lluvia…

La vida en un trayecto

6 comentarios

Nunca hablan, ni siquiera con los ojos, ocultos siempre tras unas grandes gafas oscuras. Ella imagina los de él de un gris plomizo, como el reflejo de las nubes en el mar una tarde lluviosa de finales de mayo. Él, sin poder explicar por qué, sabe que ella los tiene negros, oscuros y profundos como la mirada que intuye bajo el fosco cristal. Él sube al autobús algunas paradas antes y busca un sitio en los grupos de cuatro asientos; se acomoda en uno y coloca su mochila en el de enfrente, evitando así que nadie lo ocupe. Ella cada mañana corre entre rimel, zapatos y café para no perder el autobús de las ocho y media; se pinta los labios en el ascensor y se pone los pendientes sorteando a vecinos apresurados en el portal. Cuando sube al autobús, con la respiración entrecortada y alguna perla de sudor adornando su frente, busca su rincón, se abre paso casi con descaro entre los viajeros y llega hasta el. Entonces él, simulando cierta apatía, retira la mochila y deja libre el asiento de enfrente. Y en ese único instante, sus ojos se cruzan de manera consciente, saben que se miran. Una vez hubo un amago de sonrisa, un balbuceo emulando un buenos días, tan estúpido y absurdo que jamás se ha vuelto a repetir. Ambos se pierden entonces entre sus libros y Ipods, aislándose de los simples mortales, simulando una falsa indiferencia entre ellos, pero ninguno de los dos avanza una sola página en todo el trayecto, tan sólo clavan la mirada en el papel impreso, aferrándose a las tapas de sus libros, como tablas salvavidas, por que a veces, cuando el autobús da un frenazo brusco, uno de los dos se inclina un poco hacia delante, llevando su respiración agitada demasiado cerca del otro, y entonces el mundo se tambalea y todo empieza a dar vueltas. Por eso se aferran a sus libros, no vaya a ser que el sol se nuble un instante si sienten su aliento cerca y se puedan marear.

Pero buscan sus reflejos en el cristal, y cuando creen que uno de los dos no mira, levantan la vista del papel, sólo un poquito, lo justo para ver durante un segundo una porción del otro.

Ella ha vuelto a morderse las uñas, lo hace cuando el libro no es ya suficiente para mantenerla anclada a este mundo y sus manos nerviosas e incontroladas buscan abrirse camino hacia él y acariciar su pelo. Entonces las guía torpemente hacia su boca y lucha entre dientes por mantenerlas bajo control. Él se lía cigarrillos que luego regala a sus compañeros. Hace tiempo que dejó de fumar, pero ni la música ni la lectura son lastres suficientes para su cuerpo ansioso cuando le asalta el deseo de volar hacia el rostro de ella y tomarlo entre sus manos.

El resto del día es un suplicio, ordenadores, mails por contestar, teléfonos que suenan, jefes que gritan… Se convierten en autómatas sin opinión ni criterio, ejecutando movimientos aprendidos, hábitos adquiridos tras años de desempeñar el mismo papel.

Y en el autobús de las seis y media, de nuevo un rayito de luz alumbra sus vidas. Ella sube antes, y a esas horas casi es imposible encontrar asientos vacíos, por lo que se queda de pie, en medio del autobús, mirando fijamente por la ventana, evitando a algún vecino molesto que le quiera dar conversación.

encuentroÉl monta un par de paradas después, aunque casi nunca lo hace solo, siempre coincide con alguien que le impide concentrarse y buscar el dulce olor de ella entre la masa de cuerpos cansados. Pero siempre se coloca cerca, y la mira con disimulo mientras asiente tras cada palabra pronunciada en una conversación a la que nunca presta atención. Ella hace que no lo ve y clava su mirada un par de espaldas más allá de sus ojos, pero abraza su presencia con una fuerza descontrolada que cada día le quema un poco más. Y así pasan los veinte minutos de viaje, tocándose sin rozarse, besándose sin mirarse, amándose sin conocerse.

Final del trayecto y fin del día. Ambos se retiran a sus vidas, a sus casas vacías, suspirando por que llegue ya mañana, imaginándole una vida al otro llena de aventuras y de dicha, de risas, de amigos, de amor. Pero se sientan cada uno en su sofá, solos, uno coge un libro, otro enciende el televisor, y cada tarde ambos, sin excepción, se toman una copa de vino a la salud del otro, brindando al aire, ojala que mañana sea el día.

 

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Autor: sarasanmi

Obstinada y alegre, aunque a veces me pierda en mi propia melancolia. Libélula recién salida de la larva, bailo volando con aleteo firme y decidido.

6 pensamientos en “La vida en un trayecto

  1. que lindo! ojala mañana queden ambos parados y uno al lado del otro y el sabio chofer pegue un frenazo que la empuje a sus brazos y rompan el hielo (“.”)

  2. Reblogueó esto en Libélulas en la piely comentado:

    Para ir refrescando la memoria…

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