Libélulas en la piel

Aprendiendo a bailar bajo la lluvia…

La vida en trayecto. Él.

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sueñoEl fin de semana estuvo en el campo con unos amigos. No tenía que haber ido, pero David se empeñó, decía que no podía pasarse los fines de semana enterrado en libros, que tenía que abrir círculos, vislumbrar nuevos horizontes. El caso es que al final sucumbió a las súplicas de su amigo, pensando que al menos podría pasear por la montaña y respirar aire puro para variar. Si, tal vez le vendría bien cambiar el gris plomizo de su ciudad por algo de verde en libertad, transformar el calor las bombillas de su apartamento por un poco de sol en su rostro. Así que llenó su eterna mochila con algunos imprescindibles de supervivencia y un par de libros, y se dispuso a pasar el fin de semana fuera de su cueva.

La noche del viernes fue rara, puso rostros a los mil  nombres pronunciados alguna vez por David, sonrío, fue amable y colaboró en pos de la comodidad de todos, aunque sólo pensaba en el lunes y en volver a su autobús. Se fue a dormir pronto, a pesar de los reproches de David y de la mirada suplicante de María, una chica menuda de ojos alegres que llevaba toda la noche intentando intimar con él.

El resto del fin de semana estuvo lloviendo, ahogando todos sus deseos de pasear en libertad huyendo de aquellas gentes que le miraban sonrientes. No podía quejarse, todo el mundo era amable con él, a saber que les habría contado David! Pero ninguno de ellos tenían los ojos negros adivinados cada mañana en el autobús, ni desprendían aquel olor dulzón de las seis y media; ella no estaba aquí y no había calambres recorriéndole la espalda.

La tarde del sábado no pudo más, y salió a pasear bajo el aguacero imposible que decoraba las ventanas. Siempre fue algo tímido, un poco retraído, dotado de una sensibilidad difícil de encajar, engullendo libros a todas horas, sin percatarse del avance de la vida a su alrededor, sin hallar un lugar donde estar cómodo . En la universidad no se encontró tan desubicado, y empezó a vivir un poco fuera del papel impreso, una adolescencia tardía que le trajo ilusiones y desengaños; risas, llantos, cafés y un poco de humo. Allí conoció a David, que estudiaba biología, pero se había enamorado de una alumna de Filosofía y se pasaba el día en la facultad de Letras y Humanidades. A veces no entendía por qué su amigo seguía a su lado. David había vivido, le encantaba viajar, había perseguido y conseguido sus objetivos, miraba a la vida a la cara y le sonreía desafiante. Él, en cambio, se estancó. Empezó a trabajar en una biblioteca y allí se quedó, rodeado de sus incondicionales autores, personajes, vidas ajenas que llenaban la suya…

De repente se dio cuenta que se había alejado mucho y  estaba empapado y tiritando. Echó a correr dirección a la casa y los encontró a todos preocupados y a punto de organizar una expedición para salir a buscarlo. María se apresuró a traerle mantas, una taza de café caliente y buscarle el mejor hueco delante del fuego.

El lunes no se podía levantar. Tenia fiebre, los huesos se habían convertido en sus máximos enemigos entrando en guerra con sus músculos, llenándolo todo de dolor. Durante tres días, salir de la cama fue misión imposible, cada vez que ponía un pie en el suelo perdía el control de su cuerpo, el equilibrio ahogado por una sinusitis de principiante le jugó alguna que otra mala pasada. El jueves empezó a remontar, a tomar conciencia y a hacer el camino hasta la cocina con cierta normalidad. Por la tarde María se presentó en su casa, “Te he traído esto” y le ofreció un termo de caldo caliente. Estuvieron hablando, bebieron café y María le explicó anécdotas divertidas de la vida fuera de las paredes de su cueva. Cuando se fue respiró aliviado; María era un encanto, pero no era Ella.

Esa mañana, al levantarse, había sentido una punzada de algo que no supo descifrar; en cuanto María se fue identificó la sensación; llevaba toda una semana sin ver a su adorada compañera de trayecto, y le asustaba que ella se hubiera olvidado ya de él, que hubiera encontrado unos ojos más valientes a los que aferrarse en las mañanas de autobús. Y recordó sus manos, el viaje nervioso de sus dedos hacia su boca cuando se mordía las uñas y durante un segundo quiso ser uno de esos dedos atrapado entre sus dientes, rozando sus labios.

El viernes un sol madrugador le arañó la cara y  le despertó la vida. No supo que es lo había cambiado, sólo que era viernes, que en dos días seria lunes y correría a coger el autobús y a reencontrarse con ella. Sólo que una llama de valentía se había instalado en su estómago y que le instaba a empezar a bailar.

El lunes. Todo empezaría el lunes.

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Autor: sarasanmi

Obstinada y alegre, aunque a veces me pierda en mi propia melancolia. Libélula recién salida de la larva, bailo volando con aleteo firme y decidido.

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