Libélulas en la piel

Aprendiendo a bailar bajo la lluvia…

Vuelo en espiral

LIBE 2

Si existes, quiero que seas mi ángel.

Así empiezan todas y cada una de las cien cartas que te escribí, letras que de vez en cuando reaparecen en mi vida, en los sitios más insospechados: una servilleta en un monedero viejo, una libreta en el fondo de un bolso, un hoja arrugada en el cajón de la mesita… Cuando todavía quemabas, mitigaba así el dolor de tu ausencia, mil líneas infinitas que nunca llegararán a ninguna parte.

No te escondí en la estantería del fondo, en la sección de Olvidados no había lugar para ti. Te dejé encima de la mesa, a modo de cilicio en mi cintura, y continué caminando. Y mientras avanzaba, esperé. Esperé a que tus heridas se volvieran cicatrices en mi piel, esperé a que tu imagen se difuminara en mi recuerdo. Esperé a olvidarme de tu cumpleaños, esperé hasta no recordar tu nombre. Releí tus páginas en mil piedras de mi camino y añoré tus sueños durante algún tiempo. Entonces me apretaba el cinturón y sus clavos arañaban mi cintura, pero cada vez sangraba menos. El dolor fue dejando paso a un sabor amargo en mi boca, que desapareció poco a poco, convertiéndose en una media sonrisa con gusto a regaliz. Y entonces comprendí que era hora de levantarme el castigo.

Y no se por qué mi ruego hoy vuelve a rondarme. Tal vez por que en el fondo sigo deseando que seas mi ángel. O tal vez por que si existes, hoy tienes quien te cuide.

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